Tocaba un día cebolla. A la edad de trece años, un poco antes de que sonara el último timbre de la tarde, la verdad se habría desvelado para Aisha.
Esa mañana, como tantas otras, la había despertado la mano de Hassan paseándose por debajo de su camisón de seda; la había asaltado, además, el recuerdo de su noche de boda y el gran discurso que hizo su padre ese día sobre las obligaciones y responsabilidades familiares. Algunos pensarían que debía de estar aterrorizada, pero ella estaba simplemente cumpliendo sus deberes, estaba siendo una buena hija, esposa, ciudadana y persona. Y era muy afortunada y envidiada, decían sus amigas, porque tenía un esposo guapísimo.
Por desgracia, a las 6:05 Hassan ya estaba saltando de la cama, asqueado del sabor a cebolla que su mujer aún no había digerido. Se había cogido el primer pantalón que había visto en el armario y había desaparecido de la habitación en un instante.
—Habibiii, espabila, que me espera un día larguísimo hoy—, gritaba Hassan desde la cocina, reclamando su desayuno.
Ella secó las lágrimas con la sábana y, sin vestirse ni lavarse la cara, corrió a pelar patatas. Hirviendo el aceite, las añadió, cogió una cebolla y empezó a cortarla a taquitos pequeñitos… Se le enrojecieron y humedecieron los ojos pero no dijo ni mu.
—¿Le metes cebolla?— El hombre estaba sentado con las piernas cruzadas, la mirada fija en la de ella, y una ligera sonrisa burlona en la cara.
Ni mu.
A las 6:45 la tortilla estaba servida, junto con la disculpa de Aisha por haber comido cebolla anoche. Diez minutos más tarde él arrancaba el coche y ella, por fin, sacaba un paquete de cigarrillos de uno de los cajones e imaginaba, por unos minutos, que era niña de nuevo y que su padre la estaba esperando para llevarla al cole.
La escuela era su castillo. Le encantaba aprender cosas nuevas, se divertía con los compañeros, tenía amigas y, de vez en cuando, juntas, se saltaban alguna clase para compartir medio paquete de cigarrillos mientras comparaban las partes íntimas de sus maridos. Podía ser casi ella misma, o lo que ella entendía por ser una misma.
Ese día, como de costumbre en las comidas, se había pedido la ensalada pero justamente ese día se les había ido la mano con la cebolla. Aisha se dio cuenta cuando ya se la estaba acabando y se le escapó un eructo… un tornado que impactó directo a la cara del chico que tenía en frente. Este se apartó de golpe de la mesa y se levantó sin apartar los ojos de ella.
—¡Qué asco, tío! Eso a tu marido no se lo haces, ¿eh?— se fue alejando mientras sus amigos se reían a carcajadas de él.
Aisha deseó que se abriera la tierra y se la tragara. Al minuto, pero, recuperó la conciencia, se levantó y, con un velo de indignación visible, se fue a reclamar a la cocina. ¿Acaso no tenían conocimientos básicos de nutrición?
Tocaba Plástica. Aisha amaba dibujar. Aunque no lo supiera, era el único espacio del que disponía para saborear la libertad. Aquel día la profesora la había felicitado delante de toda la clase por su ejercicio: varias cebollas, en sus diferentes etapas de vida, en una columna en el centro del lienzo. La primera, arriba del todo, aún en la tierra y con las hojas verdes visibles, la había llamado Bebé en gestación; la segunda, contenida en una mano, la había bautizado Virgen; la tercera, ya lavada y pelada, como Mujer; y la cuarta, con todas las capas separadas y sin cortar, Nada.
A las diecisiete horas, con la alegría en el rostro, todos se dirigían a la salida. Aisha notaba las miradas y risas ajenas como si su cuerpo fuera la diana en un bar lleno de adolescentes y cerveza. Con cada paso que daba, iba retocándose el velo para asegurarse de que todos los cabellos estaban a cubierto y, de alguna forma, ella entera también.